“Pintura de potrero” es la definición de nuestra carencia, pero también de nuestros procedimientos y posicionamientos estéticos y éticos respecto de las artes. En este recorte de nuestras respectivas obras, no esperamos elaborar un discurso visual coherente y compacto. Más bien, se trata de una vaga aproximación al fruto de nuestra colaboración y amistad. Las obras aquí seleccionadas, fueron realizadas en Río de Janeiro y Buenos Aires, sin temática o procedimiento en común. Cada quién continúa su propia marcha en búsqueda de una obra personal. Lo que nos agrupa es una educación pictórica, una postura y una concepción compartida, respecto de la pintura.

 

 

 

 

Marco Goldgewicht - Juan Manuel Gallicchio

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Hay algo necesario en bordear el abismo. Y admito que muchos de mis mejores amigos poseen esa virtud, y hasta tal vez sea por ella que me acerco a ellos inicialmente. En este tiempo de temerosos discursos políticamente correctos , de la disconformidad uniformada, promocionada, empaquetada ¿queda algo para la mitología de la rebeldía beat o el rock? Bueno, quedan mis amigos.

De Marco (“Marquinho”), puedo decir que no solo es mi amigo, y no solo es un magnífico pintor, un irreverente deseoso de escandalizar señoras de barrio. Un divertido pícaro “dandy de los bajofondos”. Casi la fantasía de un dramaturgo; el judío errante con un soliloquio susurrado como un linyera beatnik, con el glamour de un Marc Bolan ahogandose en su vómito.

No sólo es todo esto. Es también mi colega, a quien parasite su entusiasmo (si, porque el entusiasmo es tan contagioso como el covid). ¿Y cuántas veces habré vuelto a casa corriendo a pintar luego de vampirizalo?

Pero hay más. De Marco aprendí algunas cosas. En la pintura hay más que la pintura. Creo que lo había escuchado antes, pero no lo había entendido hasta ahora. Siempre descreímos de la simetría entre obra y autor. Las obras tienen vida independiente. Pero, por delirante que suene: ninguna pintura puede ser mejor que su autor. Autores mezquinos harán obras mezquinas. Autores constipados emocionalmente, harán obras emocionalmente constipadas. Para ser un pintor digno de la pintura, es preciso arder en vitalismo. De lo contrario, es un ejercicio ocioso. Pigmentos prolijamente ordenados sobre un soporte.

Hoy Marco me manda un dibujo que hizo, ya devuelta en Río, su hogar -si es que este Ulises poeta de la noche y el vino Viñas de Balbo tiene algo que se le parezca a un hogar-. Y veo el dibujo y digo ¡Chapeau! Mis respetos. Y dispara esta catarata de reflexiones sobre la pintura, la amistad, y el vitalismo (tan inconexa y dispersa como nuestras charlas).

Nuestra amistad se cimentó sobre las bases de un pathos pictórico (y digo pathos y no pasión para que quede manifestada la dimensión agónica y el sufrimiento que la pintura demanda). Jugar con carbones, es un juego que no es juego. Y esta dimensión agónica de la pintura (¿o será de la existencia?) se codificó en una suerte de pintura de potrero. Somos esto. Sin lujos, sin asistencia. Suplir con “mañas” los defectos del campo de juego. Nos hacemos desde el barro y cada tanto, hacemos una jugada maravillosa. (que otros verán o sólo perdurará en nuestros recuerdos).

Todo fue pintura. Los vinos y vinilos, las discusiones sobre Nerdrum, Wyeth, Alonso, o Picasso -nunca discutimos sobre Velazquez, Goya o Rembrandt, porque esos siempre fueron dioses humanos-. Seducir mujeres, terminar con la cara entre las tetas de alguien (cual cita performática de Fellini), los superpanchos en el hospital, las caminatas conversadas por el Bellas Artes. Las mil librerías y cuevas de Buenos Aires. Todo eso es pintura.

Hay quienes dijeron que había que acercar el arte a la vida. Nosotros nos conformamos con infundir vida al arte. Así como un descampado y cuatro cascotes bien ubicados, se transmutan en el Maracaná.  

 

 

 

 

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